Editorial CLEPA: “Fabricado en Europa” debe significar fabricado en Europa
La creación de valor europeo en la cadena de suministro de automoción sigue siendo elevada. Actualmente, alrededor del 75 % de las piezas de los vehículos fabricados en Europa se producen localmente. Un nuevo análisis confirma que la proporción de componentes que podrían acogerse a una etiqueta de “Fabricado en Europa”, tanto en los vehículos híbridos enchufables (PHEV) como en los vehículos eléctricos de batería (BEV), es mayor de lo que muchos estiman. El marco de actuación debe apoyarse en esta fortaleza, sin darla por sentada.
Los proveedores y los fabricantes de vehículos persiguen el mismo objetivo: mantener una industria de automoción sólida en Europa. El verdadero debate gira en torno a cómo definir y medir la creación de valor europeo.
La respuesta importa
El sector de la automoción europeo constituye uno de los mayores casos de éxito industrial del continente porque se sustenta en un ecosistema integrado. Detrás de cada vehículo ensamblado en Europa existe una amplia red de proveedores que desarrollan tecnologías, fabrican componentes, invierten en innovación y emplean a millones de personas en todo el continente.
Muchas marcas de vehículos ponen en valor la calidad, la ingeniería y la innovación europeas, así como unas soluciones cada vez más sostenibles. Esta reputación se ha construido durante décadas gracias al conjunto de la base industrial. Un marco de “Fabricado en Europa” debe reconocer y respaldar toda la cadena de valor que lo hace posible.
Algunas propuestas actuales harían precisamente lo contrario. Amplían la definición de “valor europeo” manteniendo al mismo tiempo unos umbrales de elegibilidad reducidos. Puede parecer una simplificación útil, pero entraña el riesgo de producir el efecto contrario al que persiguen los responsables políticos: debilitar el incentivo para abastecerse y fabricar componentes en Europa, permitiendo al mismo tiempo que los productos lleven la etiqueta de “europeos”.
Este enfoque sería contraproducente si se tiene en cuenta cuánto produce ya Europa dentro de sus fronteras. Los resultados preliminares de la próxima simulación de políticas de Roland Berger muestran que la mayoría de los componentes de los vehículos híbridos enchufables (PHEV) y eléctricos de batería (BEV) ya cumplen los requisitos para acogerse a la etiqueta “Fabricado en Europa” de la Comisión. El reto no consiste en diluir los criterios, sino en construir sobre esta base y recompensar una auténtica creación de valor europeo.
A medida que avanza el trabajo sobre la Ley de Aceleración Industrial (IAA, por sus siglas en inglés), Europa necesita una definición precisa y creíble de “vehículo europeo”, que refleje la creación de valor real a lo largo de toda la cadena de suministro de componentes. También debe evitar que las importaciones no comunitarias fuertemente subvencionadas se beneficien de políticas concebidas para fortalecer la industria europea. Asimismo, definir qué países se consideran “socios de confianza” es esencial para garantizar un marco comercial justo, transparente y con igualdad de condiciones.
Si se aplica de manera eficaz, la Ley de Aceleración Industrial puede contribuir a proteger a las empresas europeas frente a la competencia desleal y proporcionar el necesario margen de maniobra. Sin embargo, esta regulación no es una solución única ni suficiente por sí sola. Para asegurar el futuro industrial de Europa a largo plazo, debemos reforzar la competitividad de la Unión Europea como destino para la fabricación, la investigación y el desarrollo, y la inversión.
Establecer nuestras prioridades
La urgencia de salvaguardar la industria de la UE quedó patente durante el reciente debate de CLEPA en el Parlamento Europeo sobre las presiones que afronta el sector. Las visiones políticas sobre el camino a seguir difirieron, pero existió un amplio consenso: lograr que la transición tenga éxito en Europa exige proteger nuestra capacidad industrial e impulsar activamente el desarrollo tecnológico.
La competitividad y la descarbonización no son objetivos contrapuestos; deben reforzarse mutuamente. La transición verde de Europa solo tendrá éxito si preserva las capacidades industriales, el empleo cualificado y el ecosistema de innovación necesarios para llevarla a cabo. Precisamente por ello, el diseño de la IAA es tan relevante.
Los responsables políticos deben crear las condiciones necesarias para impulsar la creación de valor local, asegurar la inversión a lo largo de toda la cadena de suministro y reforzar la capacidad industrial europea. Esto requiere también una revisión pragmática y abierta a todas las tecnologías del marco de CO₂, que permita que las dinámicas de mercado respalden las soluciones más eficaces en cada mercado y aproveche las fortalezas competitivas de Europa durante toda la transición.
Para que “Fabricado en Europa” se convierta en una herramienta de política industrial realmente significativa, debe recompensar una auténtica creación de valor europeo. Europa ya cuenta con un sólido ecosistema de automoción. El reto ahora es garantizar que los futuros marcos de actuación refuercen esa fortaleza, en lugar de debilitarla de forma involuntaria.


